Ensayo

Los relegados de la copa llena

Nota del editor

Onésimo Vidal fue el seudónimo más utilizado por el recién desaparecido poeta Leonardo Tangarife Urquijo. Con este nombre firmó varios de sus libros publicados y una considerable cantidad de material inédito.

Profundizar en la obra y en la vida de Leonardo Tangarife es hoy, no solo una apasionante labor intelectual, sino una obligación para quienes desean comprender la desgarrada situación del hombre en la sociedad actual. La muerte de Leonardo Tangarife Urquijo ha producido, como es común en casos similares, un creciente interés de parte del público por la obra y por los detalles de la singular vida que llevó este artista. Es así como dos semanas después de su deceso, la segunda edición de su atormentado libro de poemas titulado: Ay, ay, ay, se agotó. Y en el momento en que esta nota se escribe no queda un solo ejemplar de la tercera edición mientras se prepara un cuarto tiraje.

El texto que hoy ponemos en manos de los lectores tangarifómanos es una muestra del versátil talento de este excepcional poeta. Tangarife Urquijo fue reconocido en el mundo de las letras sobre todo por sus obras en verso donde destacan, aparte de la ya mencionada, títulos como: Sufror: Antología íntima del sufrimiento y el dolor y No es gripa: de verdad lloro, entre otros, y por su novela corta: El zar del azar; en la cual describe, con un profundo conocimiento del alma humana, sus experiencias con el juego y la cotidianidad de los bajos mundos. Pero el genio polifacético de este joven artista y su insaciable necesidad de nombrar lo indecible le llevaron a incursionar en otros ámbitos de la expresión literaria.

Son estos últimos trabajos los que complementan el valor de su obra, los que solidifican su nombre y acuñan su aporte a la cultura universal y, paradójicamente, los que más se desconocen. A este grupo pertenece, por ejemplo, el guion de la célebre y galardonada película: Detrás del último no viene nadie, que obtuvo aplausos de la crítica especializada debido a la maestría de sus diálogos, y a la fuerza y originalidad de su historia.

También a ese grupo pertenecen varios ensayos. Algunos de ellos publicados en revistas culturales y otros inéditos y encontrados después de la muerte del autor entre sus papeles personales. De ese paquete de textos desconocidos pertenecientes a Leonardo Tangarife Urquijo, damos hoy a la luz pública: “Los relegados de la copa llena”, ensayo con el que iniciamos una serie de publicaciones encaminadas a difundir la obra de uno de los más brillantes poetas del presente siglo.

Luis Miguel Rivas G

Escucha el texto en la voz de su autor

Los relegados de la copa llena

Por Onésimo Vidal

El asunto que ahora nos preocupa tiene que ver con un ser que ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad y que, a pesar de su perennidad y su importancia, nunca ha sido estudiado con detenimiento ni ponderado con justicia: el borracho. Y para ilustrar un poco las vicisitudes a las que se ve enfrentado este ser en su desenvolvimiento diario, así como sus relaciones con el medio ambiente y consigo mismo, apoyémonos en dos citas de dos libros de dos autores.

La primera cita es de Raymond Carver. Un relato de este señor norteamericano se desarrolla en una residencia para la desintoxicación de alcohólicos. A la hora del desayuno, en torno a la mesa, uno de los convalecientes cuenta informalmente a sus compañeros varias de las trombas que ocasionó en sus persistentes borracheras. Los compañeros se ríen de las situaciones ridículas que narra el hombre, se carcajean con los malos ratos que le hizo pasar a las personas que le acompañaban, se juagan de la risa escuchando de tanta actitud desproporcionada, de tanto escándalo, de tanta falta de lógica. Pero todos los que escuchan las historias del hombre ya se saben esos cuentos de memoria. No se ríen por la novedad de las historias sino porque se acuerdan de ellos mismos en esas mismas exactas circunstancias.

La segunda cita nos describe algunas de esas trombas de las que hablaba el convaleciente a sus compañeros. Las anécdotas son sacadas de una biografía del escritor inglés Malcolm Lowry (1909-1957). Hojeando ese libro se encuentran escenas como estas:

      1. El escritor, su esposa y otros dos amigos son invitados a cenar a casa de una distinguida familia. Todos asisten muy bien vestidos y después de un recibimiento lleno de boato y prosopopeya, pasan a la mesa siguiendo las indicaciones de los dueños de casa. Conversan mientras es servida la cena y en ese corto tiempo Malcolm se toma la mitad de la botella del vino aperitivo. A esas alturas las cosas todavía están bien y durante la comida Malcolm se comporta siguiendo todas las normas de urbanidad. Retirados los platos de la mesa, Lowry da cuenta de lo que resta del aperitivo y pide un licor más fuerte. Horas más tarde se dirige zigzagueando al baño. En el camino se detiene ante la puerta de una de las habitaciones de la ostentosa casa. Mira el techo. El cielorraso es tan bonito que Malcolm se enamora de él y decide que esa noche dormirá allí. Cuando la velada termina Lowry no ha aparecido en la sala. Su mujer y los dos amigos, en compañía de los anfitriones, van a buscarlo y lo encuentran en la puerta de la habitación. Lowry se obstina en subir al cielorraso y dormir en él. Los amigos tratan de forzarlo para que se vayan. Lowry contesta con trompadas y se arma una trapisonda de bofetones, denuestos, patadas, cristales rotos y gritos femeninos. El vendaval recorre toda la casa destrozando porcelanas, tumbando sillas, rompiendo mesas, hasta que por fin Malcolm es dirigido a la puerta de la calle. Su esposa y sus amigos lo embuten en el carro y se van. La pareja anfitriona contempla desaparecer el auto al final de la calle mientras devuelven el pensamiento buscando el preciso instante en que se les ocurrió hacer tal invitación y evaluando concienzudamente la razón que tuvieron para ello.
      1. Malcolm Lowry y su esposa Margerie son invitados a hospedarse, durante un viaje a los Estados Unidos, en el apartamento de un joven amigo. Mientras los Lowry permanecen aposentados allí, el anfitrión se ve obligado a encontrarse, en todas partes del apartamento y a todas las horas de todos los días, a su invitado con una copa de licor en la mano, con expresión jovial y con una locuacidad incontenible. Cierta mañana el anfitrión y Margerie tienen que salir de compras. Dejan a Malcolm dormido después de esconder con llave hasta el último mililitro de licor; y después de cerrar con seguro todas las ventanas y la puerta de salida. Al regresar, después de mediodía se encuentran con un Malcolm Lowry pleno de sonrisa y satisfacción tambaleándose en medio de la sala. El anfitrión mira a la mesa y ve, vacío, el frasco de una loción finísima que había comprado días antes.

Estos casos de trombas, despelotes, desproporciones, ridiculeces o escándalos, que tienen como protagonista a un ebrio, se multiplican en la vida y en la literatura de todos los países. En el caso particular de nuestra geografía se nos ocurre, por ejemplo, una versión amañada que alguna vez escuchamos sobre Ricardito el Miserable, el personaje de ¡Que viva la música! Esa versión, que no coincide con lo que Andrés Caicedo escribió realmente pero que es quizá más bonita, dice que Ricardito el Miserable (que se emborrachaba en cada baile y empezaba a pelear y a recitar dañando absolutamente todas las fiestas a las que asistía) siempre madrugaba al día siguiente, conseguía los teléfonos de todas las personas que habían asistido a la parranda y las llamaba una por una a pedirles disculpas.

Todas estas anécdotas tienen en común un elemento, aparte del borracho que las protagoniza: es la consideración del ebrio como la piedra en el zapato. En todos esos casos y en los que se pueden observar en la vida diaria el beodo es la excrecencia, el pólipo, la verruga. Nunca puede el mundo armonizar con el ebrio o llegar a considerarlo con agrado. Es la pata más larga o la más corta. Pero aún así los hombres siguen bebiendo e incluso los más hieráticos y respetables acceden una vez por semana a la crápula.

Ahora bien, esa desaveniencia que acabamos de ilustrar entre el ebrio y el mundo no es de una sola clase. Ese mundo constituido por los padres, las esposas, los anfitriones, los amigos que quieren el bien de su amigo, los transeúntes malhumorados, los hermanos seminaristas, las amigas y amigos de la esposa que quieren el bien de su amiga, entre otros; maltrata al borracho con distintos matices dependiendo de la calidad de este último. Por ejemplo, un borracho recatado solo llegará a producir incomodidad; otro menos medido hará nacer molestia; y siguiendo en escala ascendente, el ebrio, según su comportamiento, despertará embarazo, fastidio, hostigamiento y finalmente escarnio.

Mencionada esta tabla de valoración, esta axiología del dipsófilo, surge la pregunta: ¿Cuál sería entonces el borracho ideal? La respuesta es simple y parece que la humanidad hubiera llegado a un consenso inconsciente para definir las características del ajumado ejemplar:

        • Que no sea agresivo
        • Que no sea excesivamente afable
        • Que no camine haciendo eses
        • Que no sea impertinente
        • Que no gaguee o trastabille al hablar 
        • Que sólo hable lo necesario
        • Que conserve las normas de urbanidad 
        • Que no tenga aliento alicorado
        • Que sea cumplido y responsable 
        • Que no haga confesiones íntimas 
        • Que no llore
        • Que no se duerma
        • Que no estorbe el paso a los transeúntes

En otras palabras: un sobrio. Como quien dice: el estado ideal al que desea llegar un hombre que se acabó de tomar la primera copa es exactamente el estado en que se encontraba antes de tomársela. Concluido lo anterior surge una inevitable segunda pregunta: ¿Entonces, para qué se bebe? Respuesta: parece ser que el hombre toma licor porque quiere estar en un estado en el que no quiere estar. De ahí las frases mil veces escuchadas de boca de miles de hombres en todo el mundo durante los sábados y los domingos en la mañana: “Qué insensatez haber tomado tanto”, “qué sinsentido haberme proporcionado esta enfermedad sin necesitarlo”, etc.

Esa actitud ambigua ante la sustancia que produce la borrachera, ante la borrachera misma y ante los borrachos, es el origen de un fenómeno igualmente ambiguo, pero ya no solo de carácter individual sino de proporciones sociológicas. Nos referimos al indefinido y voluble rol social que ocupa el ebrio.

Por deducción de lo hasta ahora dicho o por simple observación de la realidad, queda claro que los seres humanos se dividen en dos tipos: los ebrios y los sobrios. Los segundos constituyen una gran mayoría que, aprovechándose de la superioridad numérica, se ha autoadjudicado el poder político, los negocios del planeta, la facultad de imponer premisas morales, la primacía en los deportes, la posibilidad de realizar grandes descubrimientos, el derecho a juzgar lo bueno y lo malo, etc. Por su parte los ebrios conforman un gueto indefenso, noble y desinteresado que ha sido sometido a la más insensible discriminación, que ha sido desplazado de la toma de decisiones políticas y que además ha tratado de ser aniquilado por medios fascistas.

Y vale la pena hacer aquí un pequeño paréntesis para sustentar la última afirmación: una persona que está sobria no puede al mismo tiempo estar borracha. Una posibilidad excluye a la otra; una alternativa niega, desaparece, mata a la otra. Por tanto, cada hombre no bebido es un borracho muerto. Así, cada proceso de regeneramiento es un asesinato. De ese ebrio de antes solo queda un cuerpo bien vestido, un cabello bien peinado, unos ademanes seguros, una presencia normal y respetable. El beodo que era ha sido eliminado. De este modo, las grandes campañas en contra del alcoholismo y las jornadas que invitan a la abstinencia son empresas neonazis mediante las cuales se pretende hacer desaparecer borrachos en masa.

Siguiendo con el asunto de poder que venimos tratando, hay que decir que el problema de mayorías despóticas vs. minorías oprimidas, adquiere en el presente caso un carácter singularísimo. Resulta que la cantidad de individuos que conforman cada uno de los bandos antes descritos es constantemente cambiante y los hombres pasan a formar parte de un grupo a otro con una rapidez y una periodicidad asombrosas. Por ejemplo: si se observa el mundo un miércoles a las once de la mañana o un jueves a las tres de la tarde o cualquier día de semana en horas de oficina nos daremos cuenta que la situación es la ya mencionada, la normal (dictadura de la masa continente – subyugamiento de la minoría bebedora). Pero si se detuviera el movimiento del planeta un sábado a la media noche o dos horas después de que el Nacional hubiera ganado la Copa Libertadores de América, o un 24 o un 31 de diciembre, encontraríamos que las proporciones que distancian a los dos grupos de seres humanos habrían dado un vuelco.

En dichos instantes los borrachos se convierten en una mayoría incuestionable y casi absoluta que por unas horas posee las riendas del planeta, impone su falta de condiciones, orienta el universo al arbitrio de su alegría, y dirige los negocios y transacciones del orbe.

Pero el ebrio es, por naturaleza, un ser tan alejado de mezquinas ambiciones, tan desinteresado, tan noble e ingenuo que nunca en esos momentos se le ha ocurrido a ninguno la primera idea que se le ocurriría a cualquiera otra persona con un mínimo de sentido político y una pizca de sentido común: aprovechar la supremacía numérica de esos instantes para adjudicarse el poder ya no solo por espacio de 6 o 7 horas sino por siempre, definitivamente, de una vez por todas. Las falanges sobrias ni se percatan de ese gesto de desprendimiento, que de no existir pondría a tambalear la seguridad de su preeminencia. Por el contrario, al día siguiente de las rumbas universales, con el componente de sus filas otra vez acrecentado, los sobrios arremeten con su carga de culpas y su dosis triplicada de discriminación y desprecio. Sin duda, no existen en la especie humana seres más desagradecidos que los sobrios.

Y este orden de cosas parece no tener esperanza de cambio. En primer lugar, porque ambos bandos se mantienen imperturbables en sus posiciones. Ni los unos dan tregua a su ánimo despótico ni los otros cesan en su actitud desprevenida. Además, hay otra razón que favorece la eternización del statu quo. Esta tiene que ver con el llamado espíritu de cuerpo o la conciencia de gremio: mientras los sobrios se han valido de este para crear y fortalecer sus instituciones y por tanto, su poderío, los ebrios (que generalmente ejercen en grupo) nunca han tenido la ocurrencia de organizarse y desarrollar su actividad de un modo sistemático, ni de dirigir sus esfuerzos a un objetivo práctico, ni de elevar sus voces aunadas para hacerse oír y respetar.

A través de ese mecanismo, los beodos habrían logrado, por ejemplo, que las trombas y despelotes que ocasionalmente protagonizan (y con cuya descripción iniciamos este escrito) dejaran de catalogarse como hechos ignominiosos y pasaran a ser juzgados en la misma balanza que se sopesan otras escenas similares, y aún peores, pero protagonizadas por sobrios. Valga decir:

—Quebrazón de porcelana valiosísima por parte del hijo de 5 años que nos acompaña a hacer una visita.

—Abrupta cancelación de la ceremonia preparada para celebrar los 15 años de la hija debido al descubrimiento de su embarazo.

—Generalizado ambiente de tensión y desequilibrio anímico en toda la oficina debido a que el jefe amaneció con la neurosis alborotada.

—Desasosiego familiar por una anciana atropellada y por graves daños en el frontispicio de una casa luego de que el hijo de 17 años se escapó en el carro del padre.

—Alaridos y manotazos de un novio celoso en el lugar más transitado del principal pasaje peatonal de la ciudad.

—Agudo sentimiento de vergüenza ajena debido a las preguntas inoportunas e intervenciones desquiciadas de un conocido en una conferencia muy concurrida.

Pero el espíritu de cofradía que haría análogas estas situaciones a las escenas de los ebrios, no hace parte de la idiosincrasia de los beodos. Por tanto, la defensa de sus derechos y la necesaria reconsideración de su papel dentro de la sociedad parece ser una utopía. Sus escándalos seguirán siendo mal mirados, su presencia permanecerá siendo incómoda, sus actitudes no dejarán de ser incomprendidas y fustigadas.

Ante esta perspectiva solo queda una posibilidad de acción. Que los pocos sobrios sensibles se amangualen y emprendan una labor para exigir las garantías que los borrachos merecen y de las que no se han percatado por andar tomando. De este modo, se podría impulsar una campaña educativa a través de la cual se concientizase a la ciudadanía y se educase a las nuevas generaciones en la necesaria reconceptualización del ajumado. Si hoy somos testigos del surgimiento de una cantidad de culturas de todo (cultura de la violencia, cultura de la arepa, cultura empresarial), ¿por qué no construir también, a mediano y largo plazo, una “cultura de la rasca” instaurada en el respeto, la admiración y las posibilidades de desarrollo para el beodo?

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