Editorial

Tela de Araña
Rapidógrafo sobre papel
de María Clara Jaramillo Muñoz
Tela de Araña Rapidógrafo sobre papel de María Clara Jaramillo Muñoz

La imaginación como territorio sagrado

En estos días que transcurren como si los relojes anduvieran a ciegas, con las agujas torcidas por el ruido de los cañones y la torpeza de los poderosos, la cultura sigue siendo —en pueblos como el nuestro— la única república donde aún se respira aire sin aduanas. En las esquinas de Envigado, donde el olor del café recién colado se mezcla con la memoria de nuestros abuelos, el arte no es un lujo: es una forma de resistencia.

Porque mientras los mapas del mundo se estremecen con guerras que parecen ecos de viejos imperios y con mercados que tragan sueños como si fueran migajas, aquí seguimos creyendo que una canción puede sembrar esperanza, que un poema puede detener el odio, y que una historia bien contada es más poderosa que cualquier discurso de campaña. La cultura, esa palabra que algunos creen florero y otros amuleto, es en realidad un campo de batalla donde luchamos por no olvidar quiénes somos.

No es casual que las ciudades que sobreviven al olvido lo hagan por sus artistas, ni que los pueblos que renacen de sus cenizas lo hagan cantando. En la tierra donde Fernando González hablaba con los árboles, seguimos cultivando la palabra como quien siembra maíz: con las manos sucias, el corazón limpio y la terquedad de los que saben que el tiempo no se detiene, pero la historia sí se puede desviar.

Esta revista es eso: una trinchera hecha de tinta y papel, una casa abierta para los que pintan, escriben, danzan, esculpen o simplemente miran el mundo con ojos que aún no han sido domesticados por la costumbre. Aquí no venimos a entretener el tedio, sino a invocar lo sagrado de lo humano. Porque creemos que la cultura no es el adorno de los tiempos buenos, sino el faro en medio de la tormenta.

Y en este momento del mundo —en que la tecnología corre más rápido que la empatía, y el miedo pretende sentarse en el trono del futuro—, convocamos a las personas que crean, que sueñan, a las tercas, a la niñez que aún dibuja soles con crayones y a la vejez que cuenta historias sin final. Que esta publicación sea un acto de fe en la imaginación.

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